LA MOSCA / CALMA EN EL CAOS

lunes, 24 de enero de 2011 en 20:58

COMENZANDO EL CAMINO

sábado, 22 de enero de 2011 en 12:45
Después de mucho tiempo sin escribir creo que a llegado el momento de hacerlo pero de verdad.
Hay algo que tengo muy claro y es que aún con tantas creencias que existen en este mundo de hoy, todavía hay demasiada gente que no se siente identificada con ninguna.
Yo particularmenteme me gusta saber, de donde venimos, hacia donde vamos, quienes somos y que somos?.
A fin de cuentas estamos creados por elementos que existen ahí fuera en el universo.
No ese lejano que pensamos que está, sino ese universo que se alcanza a tan pocos kilómetros de donde nos encontramos ahora mismo.
Y ciertamente hablo de pocos kilómetros dadas las inmensas distancias que existen alrededor nuestro.
Mi gran reto es trasladar con el tiempo a todos que el universo esta tan vivo como nuestro querido y maltratado planeta, al igual que aunque no nos demos cuenta y no veamos los cambios en nuestro día a día ,existe vida en nuestro propio cuerpo como organismo vivo que es.
Va siendo hora de darse cuenta que la ciencia solamente es comprender las cosas tal y como son, nuestro cuerpo es como es, nuestro planeta es como es y el universo también.
Por causas físicas y químicas es decir ciencia existe vida, tal como la entendemos y como la que no, por nuestro propio desconocimiento.
Dada la vida en nuestro caso nos concede el raciocinio, el sentimiento y la espiritualidad solamente por la propia evolución, que también es ciencia. ¿Que somos?, pienso introducirme de lleno en ello, para responder a mis preguntas y a las vuestras si las hubiese.
Necesito tener la visión global del porque de las cosas, siempre visto desde la coherencia y la realidad.
Y demostrar que la espiritualidad va de la mano con la ciencia. Ambas tienen causa y efecto y aunque haya preguntas a las cuales nunca tenga respuesta, trataré de encontrar la más real que nos pueda abrir la mente a horizontes más extensos y comprender la vida tal y como es para todos.
Desde el universo de ahí fuera hasta nuestro universo más interno, nuestra consciencia.
Todos necesitamos saber para vivir mejor y ser más felices. Así lo creo... .
Este reto que es un libro para un futuro cercano, pretendo que sea el despertar de una nueva visión de la vida y todo lo que ésta implica.
Y como la vida es a la muerte como el día es a la noche, también buscare el sentido más coherente a este hecho al que todos estamos ligados desde que nacemos.
Será un viaje no exento de dificultades pero si apasionante. Y en referencia a lo que encuentre que cada uno saque sus conclusiones.

EL SENDERO DEL BUDDHA

domingo, 2 de agosto de 2009 en 14:51

OBJETIVO DEL BUDISMO DE NICHIREN DAISHONIN

viernes, 24 de julio de 2009 en 18:15

El objetivo del budismo es que cada persona desarrolle su ilimitado potencial, valorando al máximo su propia vida y la de los demás. La práctica de la filosofía budista permite al individuo una transformación positiva desde lo más profundo de su ser, hasta transformar el temor en coraje, las dudas en sabiduría y el egoísmo en misericordia. Nichiren, fue un monje budista que vivió en el siglo XIII en el Japón, quien afirmaba que todos los individuos tienen el potencial de iluminarse en su vida presente y que la práctica budista es un vehículo para el fortalecimiento individual. Cada persona tiene dentro de sí el poder de sobreponerse a los inevitables desafíos de la vida, de vivir una vida de valor y llegar a ser una influencia positiva en su propia comunidad, en la sociedad y en el mundo. Esta filosofía tiene sus raíces en las enseñanzas de Shakyamuni (Sidharta Gautama), el fundador histórico del budismo quien vivió en la India hace unos 2.500 años. Sus enseñanzas fueron registradas como sutras y se propagaron por toda el Asia, dando lugar a distintas y numerosas escuelas del Budismo. Nichiren vivió durante una época turbulenta de inestabilidad social y desastres naturales. La gente común, en especial, sufría enormemente en esta ruda sociedad feudal. Alarmado por este estado, Nichiren, siendo un joven sacerdote, se dispuso a buscar la solución para el sufrimiento que lo rodeaba.Después de un exhaustivo estudio de los sutras budistas, se dio cuenta de que la esencia de la iluminación del Buda, y el medio para acabar con el sufrimiento y la confusión social, se encontraba en el Sutra del Loto. Este sutra afirma que todas las personas, sin importar el género, su capacidad o su condición social, poseen de manera inherente las cualidades de un buda y, por ello, son dignas por igual del mayor respeto.Tomando como base sus estudios sobre el sutra, Nichiren estableció la invocación de Nam myojo rengue kyo como práctica universal para abrir y manifestar la condición de vida de la budeidad latente en la vida de cada uno. Los miembros de la SGI creen que gracias a sus esfuerzos en la fe y en la práctica, la cual incluye acciones inmersas en la realidad de la vida, y sobre la base de la sabiduría y la compasión, se puede llegar a la comprensión de la propia budeidad.Nichiren creía firmemente que el verdadero objetivo del budismo es capacitar a la gente para vivir en el mundo real y, al enfrentar los problemas, fortalecerse y cambiar sus vidas y mejorar a la sociedad. El budismo de Nichiren es una filosofía que respeta la dignidad fundamental de toda vida y acentúa la profunda conexión entre la felicidad individual y la felicidad de los demás.Sutra del Loto: El Sutra del Loto es uno de los más importantes textos del Budismo, utilizado ampliamente por religiosos de China, Corea, Japón y otras regiones del Este Asiático. En la India, se lo citaba con frecuencia como el Tratado sobre la Gran Perfección de la Sabiduría.El Sutra de Loto se divide en 28 capítulos, los cuales constan de una combinación de un texto en prosa (escrito originalmente en sánscrito "puro") y un texto en versos (escrito originalmente en sánscrito "híbrido budista"). Nichiren Daishonin reveló la verdad intrínseca al Sutra del Loto, específicamente en sus capítulos Medios Hábiles (Hoben) y Duración de la Vida del que así llega (Juryo) y enseño a manifestarla por la invocación de su título en japonés, estableciendo así la práctica de la recitación del Nam myojo rengue kyo.Nichiren Daishonin, constantemente utilizaba pasajes del Sutra del Loto, para exponer sus enseñanzas a sus seguidores y para escribir sus cartas (conocidas en japonés por Goshos). En varios de sus pasajes, cita frases y parábolas del Sutra del Loto, muchas veces en un lenguaje simplificado haciendo así que fuera más accesible la comprensión de las enseñanzas contenidas en este sutra.Práctica Budista: Los miembros de la SGI practican el budismo de acuerdo con las enseñanzas del sabio japonés del siglo XIII Nichiren. La frase Nam myojo rengue kyo y el mandala llamado Gojonzon, son la médula del budismo de Nichiren.Los fundamentos: Existen tres elementos fundamentales en la práctica del budismo de Nichiren, la Fe, la Práctica y el Estudio.La Fe: significa creer firmemente en el Gojonzon (Objeto de Veneración). El Gojonzon es la representación física del Nam myojo rengue kyo, la Ley Mística o Esencia de la Vida Cósmica. Los seres humanos necesitamos un factor externo para manifestar nuestros estados internos, y se considera que el Gojonzon es el mejor factor externo para manifestar nuestro estado de Budeidad. Orar al Gojonzon nos permite poner nuestro estado de budeidad en contacto con el estado de Budeidad de la Vida Cósmica y armonizarnos con él. Si consideramos que la Ley Mística es Causa y Efecto simultáneos, orar al Gojonzon -la mejor causa para generar los mejores efectos- significa que estamos determinando en ese mismo instante los resultados por los que oramos. Y como los resultados se nos manifiestan a nosotros, el Gojonzon representa a la vez la esencia más pura de nuestra propia vida.La Práctica: es realizar las acciones concretas del Budismo de Nichiren, y se consideran dos tipos: la práctica para uno mismo y la práctica para los demás.Práctica para uno mismo: consiste en practicar diariamente el Gongyo, tanto por la mañana como por la tarde, que consiste en la entonación repetida de Nam myojo rengue kyo (Daimoku) concentrados en nuestros objetivos y la recitación de los capítulos Medios Hábiles (Hoben) y Duración de la Vida del que Así Llega (Juryo) –fragmentos del Sutra del Loto.Práctica para los demás: significa hacer esfuerzos por propagar las enseñanzas del budismo y su firme convicción sobre el potencial y la dignidad inherentes a la vida. Cuando uno propaga el budismo se dice que está haciendo “Shakubuku”. Esta acción se manifiesta cuando invitamos a nuevos amigos a conocer esta filosofía, esforzándonos con misericordia por su felicidad, y los ayudamos a que ellos también practiquen.El Estudio: consiste en estudiar las enseñanzas del Budismo de Nichiren con el objetivo de fundamentar nuestra fe, motivarnos a seguir practicando y ser capaces de orientar a otros, estableciendo la misericordia como base para nuestra conducta en la sociedad.La "Ley": El budismo enseña que una Ley universal subyace en todo el universo y es la esencia misma de la vida. Podríamos también considerarla como el ritmo fundamental de la vida y del universo.Nichiren identificó esta Ley o esencia como Nam myojo rengue kyo. El enseñó que llevando a cabo la práctica correcta del budismo, cualquier persona puede lograr que su vida armonice con la extensa vida del universo y, como resultado, ser capaz de experimentar mayor sabiduría, valor, fuerza vital y misericordia (las cualidades de esta esencia de la vida). Esto es, prácticamente, lo que significa manifestar la budeidad o una condición de vida iluminada.La budeidad en la vida diaria: Los que practicamos este budismo utilizamos la práctica budista para enfrentar sinceramente los desafíos de la vida diaria y triunfar sobre ellos, con el objeto de que lleguemos a comprender, y también a manifestar el profundo potencial que yace en nuestro interior, y así cumplir con el insustituible propósito en la vida, que es llegar a tener la convicción de que este proceso de transformación espiritual interior conduce no sólo al fortalecimiento del individuo, sino que es la vía más segura para dirigir la energía de la humanidad hacia la creación de un mundo próspero y pacífico.Reuniones de diálogo: Habitualmente se realizan reuniones para dialogar, estudiar los principios budistas y su aplicación en la vida cotidiana. En estas reuniones, se intercambian ideas, esperanzas, objetivos y experiencias de su fe y práctica budista. Estos pequeños grupos de diálogo son un lugar en el que todos pueden animarse recíprocamente, al tiempo que comparten la fe budista con los amigos."El budismo es visto generalmente como una religión estática, resumida en la imagen de un Buda que está sentado meditando, pero la verdadera imagen es la de un dinámico y andante budista, un budista activo. El verdadero budista es extraño al descanso, es alguien que continuamente está llevando a cabo acciones para liberar a las personas y guiarlas hacia la felicidad". -Daisaku Ikeda (Presidente de la SGI).

LAS NUEVE CONSCIENCIAS Y EL YO HUMANO

miércoles, 1 de julio de 2009 en 20:05

La palabra “yo” o “ser” con frecuencia es usada en un sentido negativo, implicando egoísmo o un comportamiento egocéntrico, pero este uso se refiere solamente a lo que en el budismo se conoce como el yo inferior. Existe además el yo superior – el verdadero ser. Este trasciende al yo inferior y se expande para hacerse uno con el gran océano de la vida cósmica. La totalidad de la filosofía budista se centra en la idea de salir de la prisión del yo inferior para alcanzar el infinitamente amplio yo superior o verdadero ser. La teoría de las nueve consciencias se desarrolló como un medio para ayudarnos a alcanzar esta meta.
Si hurgamos progresivamente a mayor profundidad en la mente, desde su superficie exterior hasta la psique interna, o desde lo consciente hasta los niveles más profundos del inconsciente, encontramos que el ser ocupa una cantidad progresivamente mayor de espacio de vida. Las primeras seis consciencias, las funciones de la vida diaria de la mente consciente, son aquellas que el ser experimenta solamente en los primeros seis de los Diez Mundos – un ser cuyo espacio subjetivo es tanto superficial como transitorio. En estos estados estamos completamente atrapados en reaccionar a los eventos de la vida diaria; cualquier alegría que podamos experimentar en ellos puede ser destruida fácilmente en una tormenta de impulsos instintivos, deseos, emociones y fuerzas kármicas.
El Dr. Paul D. Maclean, científico investigador del gobierno de los Estados Unidos y autoridad en el campo de la evolución cerebral y el comportamiento, ha rastreado los impulsos instintivos y las emociones hasta el funcionamiento del cerebro primitivo o paleocorteza, y el cerebro mamalio o arquicorteza. Él explica que la función de la neocorteza es ejercer el control sobre la profusión de estos impulsos instintivos. Yo creo que la práctica budista nos capacita para elevar estos impulsos y desarrollar el poder para alcanzar los mundos más elevados: Aprendizaje, Absorción (Realización), Bodisatva y Budeidad.
Las funciones de las primeras seis consciencias están confinadas dentro de los límites del yo inferior. En contraste, las funciones de la séptima consciencia, la consciencia mano, nos permiten elevarnos más allá de nuestras reacciones inmediatas a las cambiantes condiciones dentro de los Seis Senderos para ver las cosas objetivamente, descubriendo un nuevo estado de vida en el cual nuestro espacio subjetivo se amplía grandemente. Por lo tanto, puede decirse que las funciones de esta consciencia corresponden a las funciones de pensamiento de la gente que está en los estados de Aprendizaje y Absorción – incluyendo, por ejemplo, el tipo de pensamiento involucrado en el estudio de la creación abstracta y artística; y así estas funciones nos capacitan para trascender el reino de los pensamientos cotidianos y el relativo poder superficial de discernimiento de la sexta consciencia. Por toda la historia la mayoría de los estudiosos y los artistas han sido gente que ha experimentado el despertar de la consciencia mano: la inteligencia que genera ha sido la fuerza que los lleva a buscar el conocimiento sobre las leyes que rigen a la sociedad, la historia, el universo natural y los diferentes tipos de expresión artística. Sin embargo, el yo que emerge de la séptima consciencia y de los estados de Aprendizaje y Absorción aún no está libre de los impulsos ni de las catástrofes que gobiernan y rodean a una persona dominada por el ego – muy por el contrario; la gente en estos estados corre el riesgo de hacerse arrogante con respecto a sus logros, y fácilmente cae prisionero de la poderosa tendencia del apego al yo desarrollada por esta consciencia.
La octava consciencia, la consciencia alaya, es un verdadero remolino de karma, bueno y malo. De acuerdo con un sutra budista, “Nosotros los mortales comunes creamos impedimentos kármicos día y noche llegando a 800,004,000 pensamientos”: ya que no sólo nuestros pensamientos sino también nuestras palabras y deseos quedan registrados en este terreno, podemos ver que combina tanto lo bueno como lo malo o iluminación e ilusión – fuerzas opuestas trabadas en eterna lucha. Esta perpetua competencia no puede ser resuelta mediante los poderes de pensamiento que tienen las personas que viven en los mundos de Aprendizaje y Absorción. En este sentido, el terreno de los Diez Mundos que corresponde a la octava consciencia, es el de Bodisatva, quien combate la maldad que lleva dentro a través de sus esfuerzos para llevar a otros a la iluminación. En otras palabras, Bodisatva es el estado en el cual desarrollamos el poder de la compasión y formamos así el buen karma del altruismo, trabajamos para someter el karma negativo que ha sido gravado en el estrato interno de la vida – esto es, trabajamos hacia la auto reformación. Solamente en el estado de Bodisatva, en el cual rompemos los muros del egoísmo y dedicamos nuestra vida al beneficio de los demás, podemos tener un efecto significativo sobre la consciencia alaya. Aún así, la consciencia alaya nunca puede estar totalmente libre de falsas ilusiones: la pureza total sólo se encuentra en la novena consciencia, la consciencia amala.
Nichiren Daishonin inscribió el Gojonzon como la personificación de la consciencia amala, o la realidad última. En su escrito “El Verdadero Aspecto del Gojonzon”, establece:

Jamás busque este Gojonzon fuera de usted misma. El Gojonzon existe sólo en la carne mortal de nosotros, las personas comunes que abrazamos el Sutra del Loto e invocamos Nam-miojo-rengue-kio. El cuerpo es el palacio de la novena consciencia, la realidad invariable que reina sobre todas las funciones de la vida
[1].

La consciencia amala, la realidad última, cuya existencia se encuentra en forma potencial dentro de todas las formas de vida, se manifiesta cuando creemos en el Gojonzon y nos dedicamos a cantar Nam-miojo-rengue-kio. El Gojonzon es el objeto de devoción que personifica la consciencia amala, y al abrazar el Gojonzon comprendemos esta realidad dentro de nosotros. Comprendiendo la fuerza vital de la consciencia amala somos libres de usar las funciones de las otras ocho consciencias para mejorar nuestra vida y la de los demás.
Cuando nuestra vida está enraizada en la consciencia amala, puede manifestar el poder para transformar totalmente el engranaje de las causas y los efectos que conforman la consciencia alaya; esto se debe a que está basada en la iluminación y no en las falsas ilusiones. Igualmente, no podemos ser arrastrados por las funciones de las primeras ocho consciencias. A modo de analogía, un pedazo de madera flotando en un río está a merced de la corriente y pronto será arrastrado, pero aún la más poderosa corriente no puede arrastrar una isla hecha de roca.
El Daishonin escribe: “Base su corazón en la novena consciencia y su práctica en la sexta consciencia.”
[2] Cuando anclamos nuestra existencia en nuestra fe en el Gojonzon y nos dedicamos a la práctica budista en nuestra vida diaria, podemos manifestar infinita sabiduría, poder y compasión y lograr una reforma interior fundamental. De esta forma, podemos establecer una base inamovible para la verdadera felicidad.
[1] Los Principales Escritos de Nichiren Daishonin, Vol. Uno, página 217
[2] Gosho “Sobre el Infierno y la Budeidad”, The Mayor Writtings of Nichiren Daishonin, Vol. 2, pág. 244

LA NOVENA CONSCIENCIA Y LA MUERTE

en 19:44

El concepto de las nueve consciencias analiza los varios estratos de la vida humana y como simultáneamente arroja luz sobre la totalidad de estos estratos, puede con certeza contribuir de alguna forma a la solución de los problemas que actualmente estamos enfrentando, especialmente en los campos de la medicina y la psiquiatría. En años recientes, la gente involucrada en la medicina para la cura de las enfermedades psicosomáticas ha incorporado en sus terapias ideas budistas o estrechamente relacionadas con el budismo. Por ejemplo, el Dr. O. Carl Simonton, radiólogo y oncólogo, utiliza una terapia que se asemeja al concepto budista de la compasión para ayudar a sus pacientes a superar el resentimiento y la mala voluntad. Primero, el Dr. Simonton hace que el paciente se forme una clara imagen mental de la persona hacia la cual siente ese profundo resentimiento; enseguida, le pide a su paciente que visualice a esa persona sucediéndole cosas buenas – por ejemplo, que se imagine a la persona objeto de su resentimiento recibiendo amor o atención o dinero o cualquier cosa que el paciente sienta que es lo que esa persona más quisiera. Con frecuencia, como resultado de esta técnica de visualización los pacientes pueden superar sus propios sentimientos negativos. Shakyamuni, en sus primero años de prédica, enseñó una técnica de meditación en la cual la persona primero generaba pensamientos de compasión hacia sus seres amados y luego extendía éstos a la gente que realmente le disgustaba. De esta forma la persona puede aprender a manejar su ira, una de las mayores fuentes de desilusión y de deseos mundanos.
Creo que, presentando un punto de vista integrado de la vida y la muerte atravesando el presente, pasado y futuro, el budismo tiene mucho que ofrecer al campo de la ética medica con respecto a tales problemas, en asuntos tales como el de informar a la gente que su enfermedad se encuentra en etapa terminal, en la eutanasia voluntaria, en el trasplante de órganos, en la fertilización in-vitro y en asuntos relacionados con la ingeniería genética.
Es en relación con esto que debemos hablar sobre las funciones de las nueve consciencias en términos del ciclo de nacimiento y muerte. La consciencia alaya a veces es llamada “la que no desaparece” debido a que las semillas kármicas acumuladas en ella no desaparecen en el momento de la muerte. Nuestra vida individual en la forma de estas ocho consciencias, continúa aún después de la muerte en el estado de ku o latencia, llevando con ella todo nuestro karma. Sin embargo, las primeras siete consciencias, todas las que funcionan activamente mientras estamos vivos, se retiran en el momento de la muerte a un estado latente dentro de la consciencia alaya. Podemos decir que todos los recuerdos, hábitos y karma acumulado en esta consciencia que se fueron registrando en cada momento de nuestra vida, conforman el yo individual o el marco de referencia de la existencia humana que pasa por el ciclo de muerte y renacimiento. Esta consciencia debe considerarse como el reino que entremezcla todas las causas y efectos que comprenden el destino individual de cada persona.
Mientras estamos vivos aquí en la tierra todas las primeras siete consciencias funcionan apoyadas por el tallo cerebral, el sistema límbico y las estructuras cerebrales superiores. En términos de neurofisiología podríamos quizá asociar la actividad consciente de la consciencia mano con el funcionamiento de lóbulo frontal de la corteza cerebral (o neocorteza). Si por cualquier razón se destruyera la corteza cerebral, perderíamos el medio para manifestar nuestra actividad mental consciente aunque el tallo cerebral fuera capaz de mantener la vida a un nivel mínimo. Una persona que ha perdido la función cerebral no tiene forma de expresar emociones a través de su cuerpo ni de su mente. Todas las emociones – alegría, tristeza, ira, etc. – se sumergen, retirándose del dominio del consciente para encontrar refugio en la inconsciencia. Una persona en estado de coma no puede expresar deseos o emociones, aún así las profundidades de su psique abrigan una gran diversidad de corrientes mentales. Aún cuando todas las funciones conscientes hayan sido interrumpidas, aún existe en las profundidades de la vida el impulso de seguir viviendo.
El budismo nos dice que, en el momento de la muerte, la vida sufre un cambio de estado manifiesto a estado latente, o del estado sensible al insensible. Existen tres etapas involucradas en este cambio. Primero, las funciones de las cinco consciencias se tornan latentes, pero la sexta consciencia continúa funcionando. En la segunda etapa la sexta consciencia se retira a la latencia, pero la consciencia mano se mantiene activa, manifestándose como un apasionado apego a la existencia temporal. En la tercera etapa la consciencia mano retrocede al estado latente dentro de la consciencia alaya. En los capítulos previos, cuando hablamos de la posesión mutua de los Diez Mundos (véase la página 125), vimos el concepto de tendencia básica de un ser, y este concepto es crucial si queremos entender la experiencia de la vida después de la muerte. Durante la transición a la muerte, de lo sensible a lo insensible, nuestra capacidad para responder a los estímulos externos se vuelve latente y nuestra vida queda fija en el estado que hayamos establecido como nuestra tendencia básica. Por lo tanto, conforme se aproxima la muerte, somos menos y menos capaces de utilizar los medios mundanos para cambiar nuestra condición: en este momento ni la riqueza, ni el poder, ni el estatus social, tampoco el amor de los demás pueden ayudarnos, y aún los grandes pensamientos y filosofías, si las comprendimos sólo superficialmente y fallamos en hacerlas parte de nuestra vida, mostrarán ser totalmente inútiles para nosotros al enfrentarnos a una muerte inminente. Conforme la vida pasa del estado manifiesto al estado latente, perdemos nuestro poder para influir en el medio ambiente o para ser influenciados por él y – así como el agua pasa del estado líquido al sólido – nuestra tendencia básica se “congela”.
Por ejemplo, la consciencia alaya de quienes hubieran establecido el estado de Infierno como su tendencia básica, se sumergirá en el momento de su muerte en el estado de Infierno inherente a la vida cósmica y ahí sufrirá futuras agonías. Una persona continuamente gobernada por los deseos en esta vida se sumergirá en el reino del estado de Hambre de la vida cósmica, para ahí atormentarse por todo tipo de frustraciones, y una persona inclinada hacia el estado de Animalidad, cuando su consciencia alaya se sumerja en la vida cósmica, experimentará un estado ininterrumpido de feroz Animalidad.
Por el contrario, una persona que ha creado en su vida en la tierra la tendencia básica bien sea de Tranquilidad o Éxtasis será capaz de superar el dolor físico de la muerte y experimentar un sentimiento de regocijo. La gente cuya tendencia básica sea el Aprendizaje o la Absorción disfrutará una profunda satisfacción espiritual y las personas en el estado de Bodisatva (aspiración a la iluminación) conservarán sus sentimientos de compasión y altruismo en la muerte como si aún estuvieran vivos y hasta podrían ver su propia muerte como una oportunidad para servir de inspiración o para beneficiar a otros. Finalmente, el Estado de Buda, es el manantial de sabiduría, valor y compasión, y una persona que hubiera establecido firmemente este estado de vida, puede someter el miedo a la muerte hasta el punto de ser capaz de utilizarse a sí mismo para dirigir a otros a la iluminación.
Sin embargo, el valor y la compasión del Bodisatva y del Estado de Buda no pueden fingirse. La muerte exhibe implacablemente la cobardía, aunque nosotros nos hayamos ingeniado totalmente para ocultarla durante toda la vida. Cuando vemos a la muerte directamente a los ojos, es demasiado tarde para arrepentirnos de las cosas que pudimos haber hecho o dejado de hacer. Por lo tanto es esencial que nos esforcemos por vivir cada momento de nuestra vida de la mejor forma posible.
El budismo habla de tres tipos de sufrimiento; sufrimiento físico, producto del dolor físico; sufrimiento mental, que nace de la destrucción o de tergiversar la felicidad; y sufrimiento fundamental (o existencial), el cual surge de la impermanencia de todos los fenómenos. El miedo a la muerte, problema que la religión inevitablemente debe atacar, es un ejemplo clásico de este tercer tipo de sufrimiento. El budismo está dirigido a liberar a la gente del miedo a la muerte guiándola a comprender la eternidad de la vida. Aquellos que han alcanzado el reino de la novena consciencia pueden enfrentar la muerte con un profundo sentido de alegría y satisfacción, habiendo comprendido la verdadera implicación del nacer y morir en términos del ámbito de la eternidad y por lo tanto con total confianza de su eventual renacimiento. A través de la práctica budista es posible lograr este tipo de actitud.

EL INCONSCIENTE

en 17:55

Conforme se ha dicho, la consciencia mano combina las funciones del pensamiento que han roto los confines de la mera reacción a los asuntos inmediatos con un fuerte conocimiento inconsciente del yo. La definición de consciencia mano nos da la clave de hacia donde buscar la continuidad del sujeto que percibe, piensa y más; pero falla en proporcionarnos la solución al problema de cómo el karma, que nos predispone a ciertos patrones de pensamiento y de conducta, se transmite y opera del pasado al presente y hacia el futuro. Ya que la noción de la consciencia mano no puede resolver estos problemas, la escuela “Consciencia Única” propuso que existía un octavo estrato de consciencia, la consciencia alaya, la cual dijeron que se encontraba en un estrato aún más profundo que la consciencia mano. Se cree que es la consciencia alaya la que experimenta el ciclo de nacimiento y muerte. La palabra sánscrita alaya significa vivienda o receptáculo, y la consciencia alaya obtiene su nombre debido a que todas nuestras acciones -–incluyendo los pensamientos, las palabras y los sentimientos, todo aquello que se manifiesta a través de las funciones de la séptima consciencia – se graban momento a momento en el reino inconsciente de la consciencia alaya como energía que tiene el potencial de influenciar el futuro; estas impresiones son llamadas “semillas”, por lo tanto el reino de la consciencia alaya algunas veces se describe como “almacén de consciencia” o como el “depósito de las semillas”. Cuando aquí hablamos de “semillas” pensamos en ellas en forma análoga a una planta que echa ramas y hojas: las semillas en la consciencia alaya representan el karma, o el poder latente de nuestras acciones para producir efectos futuros.
El karma almacenado en la consciencia alaya tiene un efecto en las funciones de las primeras siete consciencias – podemos ver esto, por ejemplo, en la forma en que factores tales como nuestro país de nacimiento, nuestra lengua nativa, nuestras costumbres sociales, y el conocimiento y la experiencia que adquirimos dan forma a nuestra personalidad. La gente diferente reconoce y responde a las mismas cosas en formas diferentes, dependiendo de los diversos elementos que han conformado su personalidad. Una persona que ha vivido en circunstancias represivas, por ejemplo, puede revelarse ante la restricción más trivial y por lo tanto, ser incapaz de ver la vida con objetividad.
Nuestra percepción de la realidad está, obviamente, afectada por nuestras experiencias pasadas. Supongamos por ejemplo que usted fue mordido por un perro cuando era niño. Este evento pudo haber sido tan traumático que, aún ahora, se vea afectado por eso al grado que sienta verdadero terror cuando se encuentra hasta con un perrito inofensivo y amigable. La razón le dice que su miedo no tiene bases racionales, aún así el impulso de evitar a los perros surge de las profundidades de su inconsciencia cada vez que ve uno. Este tipo de reacción puede ser rastreado hasta el evento original que usted vivió y el cual quedó grabado en su consciencia alaya. Para entrar a esto con más profundidad, encontramos que en las profundidades de nuestra consciencia alaya se encuentran un cúmulo de experiencias que hemos almacenado durante nuestras vidas anteriores, y que esta acumulación condiciona nuestra existencia presente. Por ejemplo, las diferencias inherentes en la personalidad de cada individuo pueden ser atribuidas a causas kármicas que tienen su origen en vidas pasadas. Así mismo, las causas kármicas pasadas determinan la condición en la que cada uno de nosotros nace. En el Sutra de la Flor de Guirnalda encontramos el siguiente pasaje:

Referente a los diez actos malvados, quienes los cometen con mayor severidad, crean la causa para caer en Infierno, quienes los cometen menos severamente crean la causa para caer en el Hambre y quienes los cometen levemente crean la causa para caer en la Animalidad. De entre los diez, el acto de matar lo lleva a uno a Infierno, Hambre o Animalidad. Si esa persona renaciera en el estado de Tranquilidad (Humanidad), sufriría los dos tipos de retribución. Primero, su vida sería corta y segundo, sería muy enfermizo. El sutra continúa describiendo todos los diferentes sufrimientos que padecerá la gente si comete uno o todos los diez actos malvados – el grado de sufrimiento será determinado por el acto que haya escogido cometer y por la forma en la que lo hubiera hecho.
Todas nuestras experiencias y acciones tanto en esta vida como en las anteriores, hayan sido buenas o malas o en algún grado intermedio, se acumulan como semillas en la consciencia alaya, y estas semillas predispondrán directamente nuestras acciones futuras. Ya que las semillas kármicas se encuentran solamente en un nivel muy profundo de la vida, no se ven afectadas por el mundo exterior. Aún así, existe una influencia recíproca entre las semillas que se encuentran en la consciencia alaya y los niveles superficiales de consciencia, donde se manifiestan los tres tipos de acciones – pensamientos, palabras y acciones –.
A diferencia de la consciencia mano, que funciona en el reino del ego individual, la consciencia alaya tiene un aspecto que la vincula con la vida de la demás gente. El karma se forma no solo por las acciones del individuo sino también por las acciones que dicho individuo realiza en asociación con otras personas. El karma creado y experimentado por un grupo de personas, más que por el de un individuo solo, se identifica en el budismo como karma “compartido” o karma “general”. El estudioso del Majayana en la India, Nagarlluna, en sus Comentarios sobre los Diez Estados interpreta esta idea en relación con la existencia sensible y no sensible: “Los seres sensibles nacen por virtud del karma individual, y los seres no sensibles, por virtud del karma compartido.” En otras palabras, la vida de los individuos manifiesta su existencia como consecuencia de sus acciones individuales, mientras que las formas de vida no sensible – tales como las montañas, los ríos y la tierra misma – derivan su existencia del karma compartido.
Cuando hablamos de “formas de vida no sensibles” estamos, en términos amplios, refiriéndonos al medio ambiente no sensible, el cual incluye no sólo el mundo natural sino también a la cultura social humana. En este contexto podemos decir que el tipo de cultura o país que tiene un pueblo, se deriva directamente de su karma compartido.
Así la consciencia alaya contiene no solo el karma individual sino también el karma común a nuestra familia, a nuestra raza, y aún a toda la humanidad. Por lo tanto, el reino de la consciencia alaya vincula ampliamente a todos los seres humanos, y en este sentido se puede decir que engloba la noción de “inconsciente colectivo” postulado por C. G. Jung y legada como parte de la ciencia de la psicología profunda. La teoría de Jung consiste en que cada ser humano posee la totalidad de la herencia humana dentro de los recónditos lugares de su propia psique – esto es, que cada uno de nosotros comparte con todos los demás seres humanos una psique común, la inconsciencia colectiva.
C. S. Hall, uno de los discípulos de Jung, analizó los miedos comunes entre los seres humanos con respecto a las víboras y la obscuridad y llegó a la conclusión de que dichos miedos no podrían ser totalmente explicados en términos de experiencias únicamente de la vida presente; más bien, dijo, las experiencias personales parecen meramente fortalecer y reafirmar los miedos que ya existen dentro de nosotros. Sugirió que los miedos a las serpientes y a la obscuridad son hereditarios – que son un legado de nuestros remotos ancestros – y que esto demuestra que la memoria ancestral de alguna manera es preservada en el profundo estrato de la psique individual humana. Llevando esto un paso más adelante, podría ser que nuestro inconsciente contiene no sólo los recuerdos de nuestros ancestros humanos sino también aquellos de nuestros ancestros pre-humanos. De hecho, podría ser que las huellas de todos y cada uno de los pasos en nuestra evolución pasada, están registradas en el nivel más profundo de nuestra mente individual.
Sin embargo, el budismo incursiona todavía más en las profundidades de la existencia humana, enseñando que la mente humana comparte un terreno común con todos los fenómenos – en todos esos fenómenos que son manifestaciones de la fuerza vital cósmica global, la cual está personificada tanto en la existencia del mundo sensible como en el insensible. La sabiduría del budismo, por lo tanto, ilumina no solo el inconsciente y la base en común compartida por los seres humanos y todos los demás seres vivientes, sino también la realidad expresada a través e la totalidad de los fenómenos del universo.
En virtud de que la consciencia alaya mantiene los efectos potenciales de todas nuestras acciones, tanto buenas como malas, no puede describírsele como intrínsecamente buena o mala. Ya que contiene tanto la pureza como la impureza, la consciencia alaya es el reino en el cual los poderes del bien y del mal llevan a cabo una lucha feroz. Por lo tanto, a menos que tanto el bien como el mal que existen en el terreno de la consciencia alaya estén incluidos en una dimensión más profunda, se mantendrán encerrados en una lucha eterna. Esta reserva parece filosóficamente inaceptable, y por ello los budistas de las escuelas T’ien-t’ai y Juan-yen llegaron a postular la existencia de una novena consciencia, la consciencia amala, un nivel de la psique todavía más profundo que el de la consciencia alaya. La palabra sánscrita amala significa pureza, sin mancha o inmaculada, y así la consciencia amala obtiene su nombre debido a que permanece eternamente no contaminada por el karma. La consciencia amala es en sí misma la máxima realidad incambiable de todas las cosas, y por lo tanto es el equivalente a la naturaleza universal del Buda. En este que es el nivel más profundo de la mente, nuestra existencia individual se expande sin límite para llegar a ser una con la vida del cosmos. A la luz del pensamiento budista, debemos considerar la consciencia amala como el “yo superior”, el cual es eterno e inmutable: Despertando y desarrollando esta consciencia pura y fundamental podemos resolver la incesante disputa entre el bien y el mal representados por la consciencia alaya y al mismo tiempo capacitar a nuestras otras consciencias para que funcionen en forma iluminada.
Nichiren Daishonin dio una expresión concreta a la consciencia amala – la realidad fundamental de la vida – en la frase Nam-miojo-rengue-kio, y le dio forma física a su iluminación con la vida cósmica original en el Gojonzon, el objeto de devoción, abriendo así un camino donde toda la gente pueda lograr la budeidad, manifestando el yo superior que está latente dentro de cada persona. Cuando veneramos el Gojonzon encontramos que brotan de nosotros la alegría y la determinación, enfrentándonos cara a cara con la realidad de que nuestra existencia coexiste con la vida eterna del universo. Cuando nos dedicamos y basamos nuestra vida en esta realidad – la consciencia amala – todas las otras ocho consciencias funcionan para expresar el poder y la infinita sabiduría de la naturaleza del Buda. Esto puede ser explicado en términos de lo que el budismo describe como las “cinco clases de sabiduría”. Cuando alcanzamos la consciencia amala, que corresponde a la “sabiduría de la naturaleza Dharma”, la octava consciencia (o consciencia alaya) se manifiesta en sí misma como el “gran espejo redondo de la sabiduría”, que percibe el mundo sin ninguna distorsión, exactamente de la misma forma en que un espejo perfecto refleja todas las imágenes con total veracidad. La consciencia mano – séptima consciencia – se manifiesta a sí misma como la “sabiduría indiscriminada” la cual percibe la naturaleza básica, común a todas las cosas sin ninguna discriminación entre ellas. La adquisición de esta sabiduría nos capacita para superar nuestro ferviente apego al ego. La sexta consciencia se manifiesta como la “sabiduría para penetrar en lo particular”; a través de ella somos capaces de distinguir los aspectos individuales de todos los fenómenos, de tal forma que podemos tomar el adecuado curso de acción en todas y cada una de las situaciones que se nos presenten. Finalmente, las cinco consciencias se expresan a sí mismas como la “sabiduría de la práctica perfecta”: juntas nos capacitan para desarrollar el poder para beneficiar a los demás tanto como a nosotros mismos.

LAS NUEVE CONCIENCIAS

en 17:32

Traducción no oficial, hecha por Angélica Bacquerie, del Capítulo 6 del libro “Unlocking the Misteries of Birth and Dead; Budhism in the Contemporary World” (Desentrañando los Misterios del Nacimiento y la Muerte; el Budismo en el Mundo Contemporáneo), escrito por Daisaku Ikeda.

LAS NUEVE CONCIENCIAS
COMPROBANDO LAS PROFUNDIDADES DE LA VIDA

Cada ser viviente depende para sobrevivir de su habilidad para percibir la naturaleza de lo que le rodea y reaccionar conforme a ello. Por ejemplo, muchas plantas sobreviven al riguroso invierno más que nada porque tienen la habilidad para adaptarse al diferente clima del invierno y el verano; por dar un ejemplo, los árboles de hoja caduca, perderían humedad a través de sus largas hojas en invierno, por lo tanto, se despojan de ellas. Los árboles desde luego no tienen termómetros para consultar, aún así, pueden detectar los cambios de temperatura y actuar conforme a ellos.
En forma similar, los seres humanos tienen la habilidad para detectar lo que es comestible y lo que no. Por ejemplo, usted podría ver un tazón con frutas de cera. Sin embargo, por más tentadora que parezca la falsa fruta, usted puede generalmente decir que está hecha de cera con solo verla; si su vista fallara, su sentido del olfato inevitablemente terminaría con el equívoco. Finalmente, si su sentido del olfato y su sentido del tacto fallaran, podría probar una fruta de imitación y, desde luego, al darse cuenta que es de cera, la escupiría. Este es sólo un ejemplo trivial de la forma en la cual la acción de distinguir o percepción es el medio fundamental mediante el cual los seres vivientes se pueden mantener vivos.
En sánscrito esta habilidad de percepción, comprensión o discernimiento, es llamada vijnana. Generalmente la palabra se traduce como “consciencia”; aunque esta es una traducción razonable, debemos darnos cuenta que, al utilizar el término “consciencia” en este sentido, nos estamos refiriendo a algo más bien distinto a lo que la palabra significa usualmente.
La función de vijnana fue incluida por el Buda Shakyamuni entre los cinco componentes – forma, percepción, concepción, volición y consciencia – los cuales, todos juntos, conforman un ser viviente. Shakyamuni desarrolló el concepto de los cinco componentes como un medio para analizar la vida de los seres sensibles con relación a su mundo. Cada individuo interactúa en relación con su medio ambiente: asimila la información que requiere de sus alrededores y se ajusta conforme a ella. Esta es, entre las funciones vitales de “consciencia”, la que analizaremos en este capítulo.

El funcionamiento de la Consciencia
La consciencia opera a diferentes niveles. La doctrina budista de las nueve consciencias, desarrollada en las escuelas T’ien-t’ai y Juan-yen de la China del siglo sexto, y a la cual se le dio un nuevo significado en el budismo de Nichiren Daishonin, analiza los varios estratos de consciencia y así aclara todo el espectro de la operación de la vida misma.
Desde los últimos años del siglo XIX en el mundo occidental se han hecho intentos para explorar los diferentes niveles de la consciencia humana; estos intentos se han manifestado como el desarrollo de las ciencias del psicoanálisis y la psicología profunda. También las ciencias de la neurología y la neurofisiología, en su análisis de la estructura de la corteza cerebral, espacio donde residen nuestras actividades mentales superiores, ha buscado examinar objetiva o inductivamente funciones tales como las sensaciones, las emociones, la comprensión y la memoria con relación con el funcionamiento del cerebro. En contraste, el budismo busca examinar las profundidades de nuestra vida en una forma más intuitiva, deductiva. Aunque la ciencia occidental y el budismo pudieran diferir de alguna forma en sus objetivos y concepciones básicas, sus diferentes métodos – una mediante el análisis objetivo, el otro a través de la investigación subjetiva – se relacionan en que ambos intentan atacar el problema de los estratos discordantes de la vida o conciencia. En este sentido, la teoría budista de las nueve consciencias tiene una importancia comparable y análoga a algunas de las hipótesis de la investigación científica moderna.
Las primeras cinco de las nueve conciencias corresponden a la noción convencional de los cinco sentidos – vista, oído, olfato, gusto y tacto. Estos nacen como resultado del contacto de los cinco órganos sensoriales – ojos, oídos, nariz, lengua y piel – con los objetos respectivos. Los cinco órganos sensoriales son medios a través de los cuales el mundo exterior se conecta con el interior, y están considerados como elementos del primero de los cinco componentes, la forma, el aspecto físico de la vida.
Para entender cómo la forma se relaciona con los otros cuatro componentes, usemos una metáfora. Imagínese que va dando un paseo por una angosta calle y que escucha el sonido de un motor. Voltea a su alrededor y ve que se aproxima un camión de carga. La acción de ver, escuchar o percibir cualquier cosa a través de uno o más de los cinco sentidos corresponde al segundo de los cinco componentes; la percepción. Juzgar si es seguro o no dejar que te rebase el camión estando en una calle tan angosta es la función del tercer componente; la concepción. La decisión de hacerse a un lado o de seguir caminando involucra la decisión de actuar basándose en el juicio que usted hizo: esta voluntad de actuar es el cuarto componente: la volición (o voluntad). La consciencia, el quinto de los componentes, puede ser considerada como el componente que integra la percepción, la concepción y la voluntad en relación con la forma – esto es, con los cinco órganos sensoriales y sus objetos respectivos.
Adicionalmente, cada uno de los órganos sensoriales posee – de acuerdo con el budismo – una conciencia propia. ¿Qué queremos decir exactamente cuando decimos que un órgano sensorial tiene “consciencia”?. Bueno, en términos fisiológicos los órganos sensoriales no pasan al cerebro todo lo que perciben; más bien, seleccionan las cosas importantes y sólo éstas son transmitidas al cerebro. Por ejemplo, cuando caminamos y con respecto a la conciencia de los ojos, nos estamos refiriendo a su capacidad de discernimiento, su capacidad para seleccionar. Digamos que hemos perdido las llaves y estamos buscándolas desesperadamente. Lo usual en este tipo de situaciones, es que se encuentran justo en el centro de la mesa de la sala, pero aún así, no las vemos. Sin embargo, aunque las busquemos como locos, las llaves siguen perdidas porque nuestros ojos “seleccionan” la información que le enviarán al cerebro. Debido a que estamos convencidos de que las llaves no pueden estar en el centro de la mesa de la sala – porque “ya les habríamos visto si ahí estuvieran” – la información que recogen nuestros ojos, de que es ahí exactamente donde están las llaves, no es divulgada a nuestro cerebro.
Los ojos perciben imágenes, los oídos sonidos, la nariz olores y así respectivamente. La función de la consciencia que integra a estos sensores de entrada para formar imágenes coherentes y distinguir entre los diferentes objetos es la sexta consciencia. O, para enfocarlo desde otro ángulo, podemos ver las primeras seis consciencias como funciones que emergen en respuesta a los fenómenos y al mundo exterior de todos los días. Podemos reconocer fácilmente el funcionamiento de las seis consciencias ya que operan en la “superficie externa” de nuestra mente – es decir, en el terreno del consciente. Todas las seis están siempre cambiando en respuesta a su constante interacción con lo que nos rodea, y aún así no existe discontinuidad en su funcionamiento de un momento a otro, por lo tanto es fácil para nosotros caer en la trampa de creer que poseemos un yo incambiable – y quizá hasta que este yo supervisa y controla a las seis consciencias. Esta función que produce un sentido de yo permanente es llamada la séptima consciencia, o consciencia mano. La palabra mano se deriva de la palabra sánscrita manas, que significa mente, intelecto o pensamiento, y el nombre de esta consciencia proviene del hecho de que realiza la acción de pensar. Diferente de la sexta consciencia, que tiene por objeto las diversas circunstancias de la vida diaria y opera en respuesta a ellas; la consciencia mano opera desde dentro, por su propia cuenta y en forma bastante independiente de cualquier circunstancia externa. Representa el reino del pensamiento abstracto y analiza el mundo interior; por ejemplo, distinguiendo lo falso de lo verdadero. Es gracias al poder de la consciencia mano que distinguimos entre el bien y el mal, que somos capaces de reflexionar sobre nuestro comportamiento, de decidir si algo vale la pena o no, y de decidirnos a mejorar nuestros estándares de conducta. La enseñanza de Sócrates, “conócete a ti mismo” podría haber sido un intento de despertar esta consciencia en sus contemporáneos. Por lo tanto, la consciencia mano puede ser vista como el indicador del funcionamiento del pensamiento de la gente que ya dejó de estar esclavizada a los asuntos inmediatos pero puede ver el funcionamiento de la vida diaria en el mundo con un franco desapego, buscando comprender la verdad que subyace a todas las cosas.
Otra característica de la consciencia mano es un fuerte apego al yo, de hecho, además del pensamiento abstracto y la reflexión, la función básica de esta consciencia es el apego al propio ego. Por lo tanto, se dice que la consciencia mano está siempre acompañada por cuatro tipos de ilusiones: la ilusión de que el yo es absoluto e incambiable; la ilusión que nos lleva a las teorías que sostienen que el yo es absoluto e incambiable; la ilusión que nos lleva a la vanidad y la ilusión que nos lleva al apego al yo. Por lo tanto, esta consciencia tiene la tendencia de confinarnos dentro del marco de nuestro propio ego y con esto nos induce a la arrogancia y al egoísmo. En suma, mientras la consciencia mano se refiere al escenario de la razón, simultáneamente se considera que está invariablemente manchada por los engaños referentes al yo.
El apego al yo originado en la séptima consciencia es muy diferente del conocimiento del yo que formamos como resultado del funcionamiento de las primeras seis consciencias. En algún momento entre los siglos tercero y primero antes de Cristo, las escuelas Abidharma del budismo hinayana propagaron la idea de que la sexta consciencia era la base máxima de la vida y que las primeras cinco eran sus funciones específicas. Sin embargo, esta teoría se fue modificando mediante distintas corrientes. Por ejemplo, ya que las funciones de las seis consciencias nacen como respuesta a las circunstancias externas, nos encontramos con el problema de que, entonces dónde radica la continuidad del sujeto que pasa por los ciclos de nacimiento y muerte. Sin embargo en los siglos cuarto o quinto después de Cristo, la escuela Consciencia Única del budismo Majayana resolvió esta dificultad postulando la existencia de la consciencia mano, sosteniendo que operaba bajo el nivel de las seis consciencias. En contraste con las funciones de las primeras seis consciencias, los budistas consideran que las funciones de la consciencia mano no se ven afectadas por los eventos externos. Podemos ver este tipo de cosas en operación cuando una persona, quizá debido a un accidente, queda en estado de coma; a pesar de que la persona se encuentra totalmente inconsciente, aún así sigue respirando y haciendo esfuerzos para mantenerse con vida. Por lo tanto, la consciencia mano representa una consciencia del yo muy profunda e inconsciente.
Con la consciencia mano nos empezamos a mover a un terreno más allá de la mente consciente. Sin embargo, sería un error pensar que las funciones de la consciencia mano se ubican totalmente dentro del inconsciente. Sus poderes de razonamiento, como los de las seis consciencias, son un fenómeno de la “superficie externa” de la mente, por ejemplo la consciencia. Aún así, podemos ver a la consciencia mano como un tipo de fase transitoria que atraviesa la frontera entre lo consciente y lo inconsciente.
En occidente el conocimiento sobre el inconsciente ha avanzado hasta cierto punto a través de la ciencia de la psicología profunda. Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, postuló el concepto de la inconsciencia individual y desenterró buena evidencia a favor de su teoría de que la represión sexual y la agresividad traen como consecuencia la histeria y otras neurosis. Sin embargo en términos del budismo, la sexualidad, la agresividad y otras tendencias instintivas que se manifiestan a través de la consciencia mano, son definidas como “deseos mundanos”, tales como la avaricia, la ira y la estupidez. Estas tres – los “tres venenos” – son considerados como pasiones ilusas fundamentales las cuales dan lugar a otras que de ellas se derivan, como ya lo hemos visto (páginas 75-78). La ira por ejemplo, da lugar a la indignación, el odio, la aflicción, los celos y la irritabilidad; la avaricia trae como consecuencia la miseria, la arrogancia y el deseo de ocultar nuestros defectos personales; y la estupidez, con la cual nos referimos a la ignorancia de la verdadera naturaleza de la vida, nos lleva a venenos derivados tales como la decepción y la adulación.
La consciencia mano podría dar lugar a falsas ilusiones, aún así, tiene cualidades positivas; por ejemplo, la buena fe, la cual sienta las bases para la confianza mutua entre los seres humanos; la capacidad de arrepentimiento o la auto-reflexión, además, acelera nuestra conducta para llegar a un nivel más alto de moralidad; también corresponden a esta consciencia mano las facultades intelectuales de concentración, sabiduría, devoción y perseverancia.

KOSEN-RUFU O PAZ MUNDIAL

lunes, 29 de junio de 2009 en 22:26

Significa literalmente "declarar y difundir ampliamente" (el budismo). El término aparece en el capítulo Yakuo (23°) del Sutra del Loto que dice: "En el quinto medio milenio posterior a mi muerte, alcancen el Kosen-rufu del mundo y nunca permitan que cese su flujo". Nichiren Daishonin define Nam-myoho-renge-kyo de las Tres Grandes Leyes Secretas como la Ley que debe ser declarada y esparcida durante el Ultimo Día de la Ley.

1) El 12 de Octubre de 1279 el Daishonin estableció el Dai-Gohonzon del Budismo Verdadero como objeto de veneración para manifestar la budeidad. De esta manera, el objeto o entidad de la Ley, que todo el mundo debería venerar, fue establecido. Este es el kosen-rufu de la entidad de la Ley.

2) A través de la propagación de las enseñanzas del Daishonin, millones de personas abrazarán al Gohonzon como objeto de veneración: esto constituye el kosen-rufu de la sustanciación, tarea que el Daishonin encomendó a sus discípulos y que está llevando a cabo la Soka Gakkai. El Daishonin escribió:

Todos los discípulos y creyentes de Nichiren deben invocar Nam-myoho-renge-kyo en unión (itai doshin) trascendiendo todas las diferencias que pueda haber entre ellos, hasta llegar a ser inseparables como los peces y el agua en que nadan. Este lazo espiritual es la base para la transmisión universal de la Ley Suprema de la vida y de la muerte. Aquí yace el verdadero objetivo de la propagación de Nichiren. Cuando estén unidos así, hasta el gran anhelo del kosen-rufu podrá lograrse sin falta.

(“Transmisión directa de la esencia de la vida”)


En el Budismo de Nichiren Daishonin, orar significa invocar daimoku sobre la base de un compromiso o juramento. En su esencia, este juramento es lograr el kosen-rufu. En otras palabras, significa invocar resueltamente con un sólo pensamiento: "Yo realizaré el kosen-rufu de la Argentina. Por lo tanto, mostraré una magnífica prueba real en mi trabajo. Por favor, que pueda poner de manifiesto mi mayor potencial". Así debe ser su oración. También es importante establecer metas claras y concretas en cuanto a lo que esperamos alcanzar cada día y orar y desafiarnos para concretarlas. Esta seria determinación hará surgir sabiduría y habilidad, llevándonos así al triunfo. En resumen, para triunfar en la vida, necesitamos determinación y oración, esfuerzo e ingenio.

EL PRINCIPIO DE LA UNIÓN (Itai doshin)

en 22:19

Itai doshin (“distintas personas, pero con un mismo propósito”) es el principio de la armonía y de la unión enseñado por Nichiren Daishonin. Itai significa “varios cuerpos”, y “cuerpo” denota el ser individual, como también, el singular conjunto de relaciones o interacciones que la persona tiene con las circunstancias que la rodean. Itai es la abrumadora variedad de diferencias que ocurren entre las entidades de la vida. Literalmente doshin significa “con el mismo pensamiento”. Sin embargo, no todas las personas tienen exactamente los mismos pensamientos todo el tiempo. Más bien, dicha expresión apunta al deseo común de la humanidad de concretar los ideales compartidos por todos. Doshin es el estado en que las personas trabajan juntas para alcanzar un ideal común. Por lo tanto, itai doshin es el principio que permite a las personas esforzarse constructivamente para concretar cualquier meta, pero reconociendo que son esenciales la individualidad y las diferencias entre las personas.

TRANSFORMANDO EL VENENO EN MEDICINA

en 21:04

La ley del karma enseña que, para bien o para mal, los efectos de nuestras acciones regresan invariablemente a nosotros. Cuando recibimos los efectos del mal karma, sufrimos. Pero debido al poder del Gohonzon, nuestra fe decidida puede transformar cualquier sufrimiento en beneficio. Este concepto es conocido en el Budismo como “transformar el veneno en medicina” (hendoku iyaku).

Transformar veneno en medicina significa que, cuando experimentamos una pérdida, un dolor o un fracaso, tenemos en nuestras manos la fuerza para transformar ese sufrimiento en alegría y buena fortuna, ya que abrazamos el Gohonzon. Esto no es meramente una cuestión de sentimiento subjetivo. Con una oración decidida al Gohonzon, podemos transformar una situación destructiva en positiva y un error en algo afortunado. La confianza en este principio nos permitirá avanzar en la vida con ímpetu y firmeza. El Presidente Ikeda ha dicho: “Cuando fracasemos, ‘transformemos el veneno en medicina’ y empecemos a luchar otra vez por nuestras metas. Esto es ‘crear valor’ en el verdadero sentido.”

INSEPARABILIDAD DE SUJETO Y MEDIO AMBIENTE

en 20:52

La relación entre la vida y su entorno se explica según el concepto de esho funi, es decir, la unidad de la vida y su ambiente. Un entorno es el reflejo de la vida interior de la persona que lo habita y asume las características que están de acuerdo con la condición de vida de esa persona. En otras palabras, la vida extiende su influencia hacia el medio ambiente circundante.

Aunque percibamos las cosas que nos rodean como si estuvieran separadas de nosotros, existe una dimensión en la que nuestra vida es una con el universo. En otras palabras, en el nivel más básico de la vida, no hay separación entre nosotros y el ambiente que nos rodea.

Las personas también crean ambientes físicos que reflejan su realidad interior. Todo a nuestro alrededor, incluyendo las relaciones las relaciones familiares y el trabajo, es el reflejo de nuestra vida interior. Todo lo percibido por el individuo se modifica de acuerdo a su estado de vida. Así que, si cambiamos nosotros, nuestras circunstancias también cambiarán inevitablemente.

Éste es un concepto liberador, pues esclarece que no hay necesidad de buscar la budeidad fuera de nosotros mismos o en un lugar en particular. Dondequiera que estemos, cualesquiera sean nuestras circunstancias, podemos manifestar nuestra Budeidad innata y así transformar nuestro ambiente en la “tierra de Buda”, un lugar lleno de alegría donde podemos crear valor para nosotros y para los demás.

Nichiren Daishonin escribió: “Si el corazón de las personas es impuro, la tierra en la que viven también es impura, pero si el corazón de las personas es puro, su tierra también lo será. No existen dos tierras que sean pura o impura en sí mismas. La única diferencia yace en el bien o el mal de nuestro corazón.”

La acción individual más positiva que podemos llevar a cabo, para nuestra sociedad y nuestra tierra, es transformar nuestra propia existencia para que deje de estar dominada por la furia, la codicia y el miedo. Cuando manifestamos sabiduría, generosidad y honestidad, hacemos elecciones más provechosas de forma natural y nos hallamos en un entorno generoso y confortable.

LA POSESION MUTUA DE LOS DIEZ ESTADOS

en 20:48

Significa, en esencia, que cada uno de los Diez Estados de la vida posee el potencial de manifestarse y de manifestar, a su vez, los otros nueve. La vida no permanece estable en uno u otro de los Diez Estados, sino que puede manifestar cualquiera de ellos, desde el Infierno hasta la Budeidad, en cualquier momento. Para alguien que se encuentra en el estado de Infierno, el entorno es miserable, sea éste cual fuere. Para quien experimenta el Éxtasis, ese mismo entorno está colmado de felicidad. La posesión mutua de los Diez Estados indica una posibilidad permanente de cambiar de una condición a otra.

Al observar la vida de una persona por un cierto tiempo, se puede comprobar la existencia en ella de una tendencia básica o una fuerte inclinación hacia uno o más de los Diez Estados. La vida de un individuo misericordioso está centrada alrededor del estado de Bodhisattva. No obstante, alguien cuya tendencia vital básica es la de Bodhisattva, también puede manifestar Hambre, Éxtasis o algún otro estado, en cualquier momento. Por ende, cualquier estado que prevalezca, posee el potencial de manifestar todos los demás.

El término “revolución humana” indica la elevación gradual del estado de vida que se manifiesta como la tendencia primordial de un individuo y, asimismo, la consolidación de la Budeidad como la base de su vida. Como consecuencia de esa elevación, las actividades de la vida se centran alrededor del estado más excelso, el de la Budeidad.

LOS DIEZ ESTADOS

lunes, 22 de junio de 2009 en 12:03


Los diez estados (jikkai) indican diez condiciones en las que una entidad de vida se manifiesta en el curso del tiempo. El factor primordial de los Diez Estados es la sensación subjetiva experimentada por el “yo” en las profundidades de cada vida individual. Los Diez Estados son:

1) Infierno: Es una condición en la que uno está dominado por el impulso furioso de destruir y de atraer la ruina sobre sí mismo y sobre los demás. Concretamente, este estado representa el sufrimiento y la desesperación más extremos.

2) Hambre: En esta condición, uno está sometido a un insaciable deseo egoísta de riquezas, fama y placer, que jamás puede ser enteramente satisfecho.

3) Animalidad: Cuando está presente, uno se deja llevar por el impulso de los deseos e instintos, pues carece de la sabiduría para controlarse.

4) Ira: Consciente de su propio yo, pero dominado por el egoísmo, uno es incapaz de comprender las cosas como son y menosprecia y agrede la dignidad de los demás.
5) Humanidad: En este estado, en que uno es capaz de controlar temporariamente sus deseos e impulsos mediante la razón, se puede vivir una vida pacífica, en armonía con el entorno y con otras personas.

6) Éxtasis: Es una condición en la que existen el contento y la alegría por haberse librado del sufrimiento, y la satisfacción de haber concretado algún deseo.

7) Aprendizaje: Los seis estados anteriores, desde Infierno hasta Éxtasis, surgen por el imperio de los impulsos o deseos, pero quedan bajo e absoluto control de las restricciones que les impone el entorno y son extremadamente vulnerables a las diferentes circunstancias. Aprendizaje, por el contrario, es una condición que se experimenta cuando uno lucha por un estado de satisfacción y estabilidad, mediante la reforma y el desarrollo de su propia vida.

8) Comprensión intuitiva: Es una condición similar a la de Aprendizaje, porque en ambas está presente esa lucha por transformarse uno mismo. Pero lo que los diferencia es que, en el estado de Comprensión Intuitiva, en vez de intentar aprender lo que lograron los antecesores, uno trata de dominar el proceso de la propia transformación mediante la observación directa de los fenómenos.

9) Bodhisattva: Es un estado signado por la misericordia, en el que el individuo se dedica a la felicidad de los demás, aunque esto implique sacrificios. Las personas de Aprendizaje y Comprensión Intuitiva tienden a carecer de misericordia y a llegar a extremos en la búsqueda de la propia perfección. Por el contrario, un Bodhisattva descubre que ese camino hacia la perfección radica en la acción misericordiosa de salvar a otros del sufrimiento.

10) Buda: esta condición se alcanza cuando uno logra la sabiduría de percibir la realidad última de su propia vida y adquiere la infinita misericordia de dirigir constantemente sus acciones hacia objetivos benevolentes; cuando desarrolla un yo eterno y una pureza absoluta en su vida, que nada puede mancillar. La budeidad es un estado ideal que se puede alcanzar a través de la práctica budista. Sin embargo, ya que ninguna condición de vida es estática, la Budeidad no debe ser considerada el objetivo final: por el contrario, es algo que uno experimenta en la profundidad de su ser al tiempo que continúa actuando con benevolencia en su vida diaria. En otras palabras, la Budeidad se manifiesta diariamente en la conducta del Bodhisattva: buenas acciones y actos misericordiosos.

LA TRANSFORMACIÓN DEL KARMA

viernes, 19 de junio de 2009 en 22:59

La mayoría de nosotros reconoce la validez de la causa y el efecto como regla general y la base del método científico moderno. Es fácil aceptar que toda causa tiene un efecto y que, todo lo que ocurre en la vida posee una serie de causas conectadas a una serie de efectos. Movemos la llave de la luz y la luz se enciende. Llueve y el techo gotea. Tendemos entonces a ver las diversas causas y efectos en términos lineales como una interminable cadena de causas y efectos. Pero, de acuerdo al budismo, la realidad de causa y efecto es mucho más sutil y compleja que eso.
El budismo sostiene que causa y efecto son, en esencia, simultáneos. En el instante en que creamos una causa, ya está contenido el efecto, como si fuera una semilla plantada en la profundidad de nuestras vidas. Pero si bien este efecto es plantado en el mismo instante en que la causa es creada, puede que no aparezca instantáneamente. El efecto sólo se manifiesta cuando aparecen las circunstancias adecuadas. Supongamos que una bellota cae al suelo y queda sepultada en él. Puede tomar décadas para que un poderoso roble manifieste el efecto completo de esta causa. Entonces, a pesar de que el efecto sea simultáneo, a pesar de que ha sido la causa para que crezca el roble, éste no crecerá sino hasta varios años más tarde. Mientras que el efecto último del roble estaba contenido en la bellota, le llevó años de lluvia y sol para alcanzar las circunstancias adecuadas y que el árbol creciera. O, para tomar un ejemplo negativo, supongamos que uno come alimentos altos en contenido de colesterol durante un período de tiempo. Puede que tarde muchos años en aparecer los efectos destructivos, la arteriosclerosis y las enfermedades coronarias. Los seres humanos realizamos infinidad de causas cada día a través de nuestros pensamientos, palabras y acciones y, por cada causa, recibimos un efecto. Pero puede que este efecto también demore un largo tiempo en manifestarse.
El budismo, además, subdivide el concepto de causa y efecto en causas internas, causas externas, efectos latentes y efectos manifiestos. Al respecto ha dicho Daisaku Ikeda:
Cada actividad vital sucede como resultado de algún estímulo exterior. Al mismo tiempo, la verdadera causa es la causa inherente dentro del ser humano. Para dar un ejemplo muy simple, si alguien te golpea y tú le devuelves el golpe, el primer golpe es el estímulo que lleva al segundo golpe, pero no es la causa última. Podrías argumentar que golpeaste a la persona porque ella te golpeó primero, pero de hecho lo golpeaste porque tú eres tú. La causa real yace dentro de ti, lista para ser activada por la causa externa.
Para desarrollar este ejemplo: tal vez en una edad temprana de nuestras vidas, aprendimos a estar enojados y a la defensiva a manera de instinto de protección frente al comportamiento de los demás. Puede que hayamos tenido algún hermano que nos agredía, y aprendimos de niños que la única manera de conseguir lo que queríamos era defendernos físicamente. Esta actitud interna de nuestra parte, esta predisposición a devolver el golpe, es lo que provoca que peguemos a alguien que nos pegó, no el mero hecho de haber sido golpeados. Se podría decir que es nuestro karma el responder de esta manera frente a esta situación.
El concepto de karma, una palabra sánscrita que originalmente significaba “acción”, ha jugado un rol fundamental en el pensamiento de la India, ya trescientos años antes de la época en que nació Shakyamuni. Como vimos, existen tres tipos de acción kármica: pensamientos, palabras y acciones. En su conjunto, estos tres tipos de acciones o causas realizados acumulativamente a lo largo de nuestra vida, conforman nuestro karma. En otras palabras, nuestro karma es el claro resultado de cada pequeña o gran causa que hemos hecho en nuestra vida (y en vidas pasadas, como veremos más adelante). El karma puede ser dividido en buen karma y mal karma, tal como las causas pueden ser caracterizadas como buenas y malas. Estas categorías se aplican a las tres formas de acción kármica: pensamiento, palabra y acción. Por ejemplo, el ejercicio de la misericordia y de la benevolencia produce buen karma, mientras que actitudes negativas tales como la codicia o la ira -y las acciones que estas emociones generan- producirán mal karma.
Nuestro karma es como una cuenta bancaria de efectos latentes que experimentaremos cuando nuestras vidas encuentren las condiciones ambientales adecuadas. Las buenas causas producirán efectos agradables y benéficos; las malas causas producirán sufrimiento. Nuestras acciones en el pasado ejercen influencia en nuestra existencia presente, mientras que nuestras acciones presentes configuran nuestro futuro.
El principio del karma, según Nichiren, es absolutamente preciso. No hay manera de escapar a nuestras acciones pasadas. La ley de causa y efecto impregna nuestras vidas a través de las existencias pasadas, presentes y futuras. Nada es olvidado, borrado o perdido. Constituye un error el creer que podemos simplemente dejar nuestros problemas detrás e irnos a Hawai o algún otro paraíso tropical y vivir una vida libre de contratiempos. Llevamos nuestro karma a cuestas, como si fuera una mochila, dondequiera que vayamos. Todo, en el ámbito de nuestra existencia, es eternamente registrado en los niveles más profundos de nuestra vida. Entonces, ¿no nos queda más opción que pasivamente aceptar y resignarnos a recibir los efectos de cual fuera el karma que forjamos en el pasado?
No. En el budismo creamos el karma con nuestras propias acciones y, por tanto, también tenemos el poder de cambiarlo. Ésta es la promesa que ofrece la práctica del budismo. Si bien, en teoría, todo lo que tendríamos que hacer para que nos vaya bien en la vida es realizar la mayor cantidad posible de buenas causas, en la mayoría de los casos tenemos muy poco control sobre las causas que hacemos. Tendemos a caer atrapados por la inquebrantable cadena de causas y efectos que es nuestro karma, y actuamos en consecuencia. Pero cuando invocamos Nam-myoho-renge-kyo, comenzamos a iluminar los aspectos negativos de nuestro karma, y a ver nítidamente nuestras debilidades, así como los pasos que debemos dar para transformarnos a nosotros mismos y a nuestro destino. Nichiren utilizó la metáfora de un espejo para sugerir este proceso de autopercepción. Hace más de setecientos años, escribió:
Lo mismo sucede en el caso de un Buda y un hombre común: no se trata de dos entidades separadas. Uno se llama “mortal común” mientras duda que la budeidad y su propia vida son una misma cosa; pero una vez que percibe esta verdad, puede llamarse “Buda”. Hasta un espejo percudido brilla como una gema, si se lo pule y se lo lustra. Una mente nublada por las ilusiones que se originan en la oscuridad fundamental de la vida es como un espejo percudido, pero, cuando se la pule, se vuelve clara y refleja la iluminación de la verdad inmutable. haga brotar una fe profunda y pula su espejo día y noche, con ahínco y esmero. ¿Cómo hacerlo? Sólo invocando Nam-myoho-renge-kyo, pues la invocación es, en sí, el acto de pulir. (“Sobre el logro de la Budeidad”)
Desde el punto de vista de la ley de causalidad, Nichiren afirmó que, invocar Nam-myoho-renge-kyo era la mejor causa que una persona podía llevar a cabo. Esto no significa que una persona que enfrenta un problema serio deba permanecer en su casa invocando día y noche, eso sería escapismo. Uno debería primero invocar para hacer surgir la sabiduría necesaria para enfrentar su problema y luego salir y llevar a cabo acciones precisas. Bajo la clara luz de la iluminación, no sólo nos comprendemos a nosotros mismos, sino que también podemos cambiarnos a nosotros mismos y alcanzar el más elevado plano de existencia.
En última instancia, invocamos Nam-myoho-renge-kyo para revelar nuestra budeidad, permitiéndonos percibir y comprender la ley del universo mientras que, al mismo tiempo, podemos ejercer la sabiduría para aplicar esa ley. Al igual que la bellota que contiene la semilla de un magnífico roble, cada ser humano posee la semilla de la iluminación en su interior. Como lo ha expresado Daisaku Ikeda: “Cuando usted invoca Nam-myoho-renge-kyo, llama a su naturaleza de Buda o el Nam-myoho-renge-kyo que se encuentra dentro suyo. Entonces, usted mismo es Buda.”

¿QUE ES, NAM MYOHO RENGE KYO?

en 22:02

La pregunta que inmediatamente surge es... “¿Cómo repitiendo una frase que apenas entiendo lo que significa, puede surtir algún efecto positivo o negativo en mi vida?” La analogía que frecuentemente se utiliza es comparar a Nam-myoho-renge-kyo a la leche. Un bebé es alimentado por la leche materna y, más tarde, por la de vaca, durante mucho tiempo antes de que él o ella comprenda que significa “leche”. Los beneficios nutricionales son intrínsecos a la leche. Para usar otro ejemplo, no necesitamos saber cómo funciona un automóvil para conducirlo y que nos lleve a cualquier parte. Si bien no nos haría mal aprender algo de mecánica, del mismo modo el estudio forma parte importante de nuestra práctica budista. Pero lo importante aquí es tomar conciencia de que la invocación de Nam-myoho-renge-kyo funciona, entendámosla o no, creamos en ella o no. De hecho, muchas personas comienzan a invocar Nam-myoho-renge-kyo con la expresa intención de demostrarle a quien le transmitió la Ley que ésta no funciona e, invariablemente, se ven sorprendidos cuando comprueban que sí funciona. Nam-myoho-renge-kyo funciona para todo el mundo, jóvenes o ancianos, ricos o pobres, escépticos o creyentes, ignorantes o sabios, africanos o asiáticos.
Según el budismo de Nichiren, Nam-myoho-renge-kyo es la ley del universo, y a través de invocarlo estamos revelando la ley en nuestras propias vidas, colocándonos en armonía o ritmo con el universo. La palabra “ley” es aquí utilizada en el sentido científico, tal como la ley de gravedad. Debido a que la ley de gravedad es una ley de a vida, nos afecta tanto si la comprendemos como si no. Si saltáramos del borde de un precipicio antes de 1666, cuando Isaac Newton formuló esta ley, igual sufriríamos las consecuencias de la gravedad. Nam-myoho-renge-kyo también es una ley de la vida, afirmó Nichiren; es más: es la ley de la vida. ¿Cómo es esto?
Para comenzar a comprender este punto, podría ser útil considerar a Nam-myoho-renge-kyo a la luz de la teoría de la relatividad de Einstein, expresada por la famosa ecuación E=mc2. Esto constituye el cimiento de nuestra actual visión del cosmos. Pero... ¿realmente lo entendemos? Sabemos que E simboliza energía y m es masa. La masa es multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado, o sea c2. A pesar de que gran parte de la gente puede tener una vaga noción de qué es lo que estos términos significan, todos estamos conscientes de que ellos representan conceptos de física y matemáticas que, si bien algo abstractos, se relacionan con las realidades de tiempo, espacio, energía y materia de nuestro mundo. La misma verdad es aplicable a cada uno de los caracteres de Nam-myoho-renge-kyo.
A pesar de que el significado de E=mc2 se nos escape, casi todo el mundo hoy en día admitiría la validez de la ecuación de Einstein debido a que ha sido demostrada innumerables veces en el mundo real. Al comienzo de su carrera, Einstein se vio ridiculizado e insultado. No fue sino hasta un eclipse total de sol ocurrido en 1919 cuando una expedición británica a la Isla Príncipe, frente a las costas del África Occidental, fue capaz de medir la desviación de la luz de las estrellas en concordancia con los principios de la relatividad general y así la teoría de Einstein había demostrado ser correcta. Desde entonces, sus teorías han sido aplicadas en el mundo físico: desde el tremendo poder de la fisión nuclear hasta el cálculo astronómico avanzado. El modelo del universo de Einstein es esencialmente correcto.
De manera similar, el budismo posee tanto una base teórica como científica. Nichiren reveló la ley de la vida, Nam-myoho-renge-kyo, transmitiéndosela a sus seguidores y futuras generaciones con una instrucción implícita: Aquí tienen la Ley; ahora compruébenla frente a las realidades de la vida y del universo. Vean si funciona siempre, bajo cualquier condición y circunstancia. Todos aquéllos que invoquen Nam-myoho-renge-kyo, por lo tanto, están llevando a cabo un experimento: determinar el poder y eficacia de esta ley dentro de sus propias vidas.
Pero, con el propósito de tener tal resultado... debemos simplemente invocar. Podemos leer y hablar acerca de budismo, pero, al final, no tendremos más que teoría. La diferencia entre el estudio puramente teórico y la práctica budista es comparable a la diferencia entre estudiar minería y hacerse rico. Nunca podremos conocer la verdadera profundidad de Nam-myoho-renge-kyo hasta que lo experimentemos de manera directa. Para usar otra analogía: es un poco como querer explicarle el sabor del helado de frutilla a un nativo de un remoto desierto que jamás haya probado ni las frutillas ni el helado. Podríamos decirle que es húmedo, que es frío, cremoso, dulce... pero una definición verbal jamás será sustituto de la experiencia real de tomar helado de frutilla. En el budismo, al igual que en la vida, no existe sustituto que reemplace a la experiencia directa.
Con esta advertencia en mente, intentemos ahora una definición de Nam-myoho-renge-kyo. Tal como vimos, esta “fórmula” está basada en el título del Sutra del Loto, el pináculo de las enseñanzas de Shakyamuni. El título está precedido por nam, proveniente de la palabra sánscrita namas (devocionarse uno mismo). Dentro del budismo, el título de un sutra posee gran significado. Tal como Nichiren escribió: “Incluido dentro de título, o daimoku, de Nam-myoho-renge-kyo se encuentra el sutra completo consistente en ocho volúmenes, treinta y ocho capítulos y 69.384 caracteres, sin que falte un sólo carácter.” Al igual que los símbolos de la teoría especial de la relatividad de Einstein, cada uno de los caracteres de Nam-myoho-renge-kyo remite a una profunda verdad de la vida. Su significado detallado, según Nichiren, es el siguiente: Entonces, ¿qué significa myo? Es, sencillamente, la naturaleza mística de nuestra vida, a cada momento, que el corazón es incapaz de captar y que las palabras no pueden expresar. Cuando usted contempla su ichinen en cualquier instante, no percibe ningún color ni forma que le permitan confirmar que existe. Sin embargo, tampoco puede decir que no existe, pues todo el tiempo siente irrumpir en su mente los pensamientos más diversos. Este ichinen es una realidad insondable, que trasciende las palabras y los conceptos de existencia y de no-existencia. No es existencia y tampoco es no-existencia, pero exhibe las cualidades de ambas; es la realidad de todas las cosas, la entidad esencial. Myo es el nombre que recibe esta entidad mística de la vida, y ho es el que reciben sus funciones. (“Sobre el logro de la Budeidad”)
Como él explica, myo literalmente significa “místico”, o más allá de toda descripción, la realidad última de la vida, mientras que ho significa “todo fenómeno”. Puestos juntos, myoho indica que todos los fenómenos de la vida constituyen la expresión de la Ley.
Nichiren también enumera tres significados respecto del carácter myo:
El primer significado es “abrir” en el sentido que permite a una persona desarrollar su pleno potencial como ser humano. Otro significado de myo es “revivir”. Cuando es pronunciado, la ley mística posee el poder de revitalizar nuestra vida. El tercer significado es “estar dotado”: la ley mística nos dota de la buena fortuna que protege nuestra felicidad.
En otros escritos, Nichiren describe a myo como significando la muerte y ho a la vida.
Renge significa literalmente “flor de loto”, por lo tanto, el título del “Sutra del Loto”. El loto posee una profunda simbología en la tradición budista. En la naturaleza, la planta de loto genera flor y fruto al mismo tiempo, simbolizando así la simultaneidad de causa y efecto.
Sabemos -gracias al estudio del método científico- que la causa y el efecto subyacen en todo fenómeno. Todo posee sus causas y sus efectos. El Buda comprendió esto hace más de 2500 años. Pero dentro el budismo, la causa y el efecto poseen implicancias más profundas que las que aplicamos comúnmente: creamos causas a través del pensamiento, la palabra y la acción. Con cada causa que hacemos, un efecto se registra simultáneamente en las profundidades de la vida, y él se manifiesta cuando encuentra las circunstancias y el medio ambiente adecuados. Otro simbolismo de la flor de loto es que ella florece en los estanques lodosos, significando nuestra budeidad inherente que se abre paso y florece del “lodo” de nuestros deseos y problemas de cada día. De manera similar, la sociedad se parece a un estanque lodoso del cual los Budas emergen. Así, no importa qué difíciles sean nuestras vidas, cuán tremendas nuestras circunstancias, la flor de la budeidad puede invariablemente florecer.
Kyo significa “sutra” o “enseñanza”. Pero también puede ser interpretado como “sonido”. El Buda tradicionalmente enseñó a través de la palabra hablada en una época en la cual la escritura era considerada poco confiable y susceptible de distorsión y tergiversación. Se dice que “la voz lleva a cabo la tarea del Buda”, y existe un innegable poder en la persona que invoca Nam-myoho-renge-kyo. Uno experimenta una firme determinación y una fuerte voluntad a medida que nuestra rítmica invocación se fusiona con el ritmo mismo del universo.
Tomada en su conjunto, entonces, la frase Nam-myoho-renge-kyo podría ser traducida como “Me devociono yo mismo a la ley mística de la causa y el efecto a través del sonido.” Pero es vital tomar conciencia de que uno no necesita (al menos no es un requisito) traducir esta frase al castellano o concentrarse constantemente en su significado con el propósito de obtener beneficios de su invocación. Más aún, cuando comenzamos a practicar, puede resultarnos difícil entender todo, pero lo importante es simplemente invocar con sinceridad por los propios objetivos. Así, con una mente abierta, veamos qué pasa.
Invocar daimoku difiere de la concepción tradicional occidental de rezar. En lugar de rogarle a una fuerza externa para que nos solucione la vida, el budista moviliza sus propios recursos personales para enfrentar sus problemas. Podríamos comparar al invocar con bombear agua de un pozo: el de la budeidad que se encuentra en las profundidades de nuestra vida. Cuando uno invoca, un juramento o una determinación se toma forma. En lugar de “Deseo que esto y esto ocurra”, o bien “Señor, dame la fuerza para hacer que esto y esto ocurra”, la oración budista se parece más a “Haré que esto y esto otro ocurra” o “Me comprometo a hacer los siguientes cambios en mi vida de manera que esto y esto otro ocurra.”

LA REVOLUCIÓN DEL BUDISMO DIFUNDIDA POR NICHIREN

en 20:39

Desde que tenía doce años, Nichiren, hijo de un pescador, comenzó a estudiar los sutras, decidido a convertirse en “el hombre más sabio de todo Japón”. Nacido el 16 de febrero de 1222, vivió en una era de gran fermento religioso y conflicto político, en la que los señores feudales luchaban por obtener el poder y Japón estaba gobernado por los shogun. En esa época, el país padecía plagas, inestabilidad política, terremotos y la amenaza inminente de la invasión de los mongoles. A los dieciséis años, Nichiren fue ordenado como monje y emprendió un serio estudio comparado de las enseñanzas budistas -aparentemente contradictorias entre sí-, particularmente aquéllas de la secta Tendai, basadas en las enseñanzas del sabio chino T’ien T’ai ya mencionado. Nichiren también examinó las enseñanzas de la Tierra Pura y del Zen, que se habían difundido rápidamente durante el período de conflicto social que siguió a la decadencia de la aristocracia imperial y el surgimiento de la clase samurai. Las enseñanzas de la Tierra Pura (Nembutsu) se habían vuelto muy populares entre las personas comunes, mientras que el Zen era practicado por la clase samurai. Nichiren, no obstante, comprendió claramente que la mayoría de las personas seguían sin entrar en contacto con su naturaleza de Buda inherente y que, a pesar de aceptar esta idea en principio, carecían de la clave necesaria para activarla en sus vidas cotidianas.
Si bien Nichiren reconoció el gran logro de T’ien T’ai en clasificar los sutras y, en particular, en establecer como supremo al Sutra del Loto, se dio cuenta de que los métodos de meditación prescritos estaban más allá del alcance de las personas comunes. También notó que las vidas de los sacerdotes que se podían observar de las distintas sectas, desde los templos de Kioto hasta los monasterios del Monte Hiei, dejaban mucho que desear: eran corruptos, se habían degradado en su búsqueda de la fama y del beneficio personal y, eventualmente, buscaban el poder político y, por tanto, se habían alejado del pueblo. ¡No era de sorprender, entonces, que el budismo fuera incapaz de ayudar a las personas en encontrar la felicidad en sus vidas diarias!
El 28 de abril de 1253, Nichiren proclamó por primera vez Nam-myoho-renge-kyo como la única ley verdadera, oculta en las profundidades del Sutra del Loto. Visto desde un punto de vista formal, utilizó Myoho-renge-kyo (la forma japonesa de leer los caracteres del título del Sutra del Loto según la traducción de Kumarajiva del sánscrito al chino) para expresar el concepto de iluminación, añadiéndole el prefijo nam, que significa “devocionar a”. Pero desde una perspectiva más profunda, lo que Nichiren hizo fue hacer accesible a todas las personas la iluminación que había logrado Shakyamuni. Esto constituyó un avance enorme en la historia del budismo, además del comienzo de una revolución en el concepto mismo de la religión.
El budismo de Nichiren no requiere del renunciamiento o supresión de los deseos humanos. Esto representó un cambio fundamental de perspectiva frente a otras sectas, que seguían insistiendo en la extinción de los deseos mundanos para poder lograr una más alta sabiduría. Nichiren afirmó que la fuente de todo deseo es la vida misma; mientras existe la vida, instintivamente deseamos vivir, tener amor, buscar beneficios, etc. Debido a que el deseo surge del fondo más profundo de la vida, éste es virtualmente indestructible. Aún la búsqueda de la iluminación constituye una clase de deseo.
La civilización ha avanzado debido a los instintos y deseos de hombres y mujeres. La búsqueda de la riqueza ha producido crecimiento económico. La voluntad de desafiar al frío invierno llevó al desarrollo de las ciencias naturales. El amor, un deseo humano básico, inspiró la literatura.
No sólo podemos concretar nuestros deseos a medida que cambiamos desde nuestro interior, sino que también los deseos mismos se transforman, se purifican y se vuelven más elevados. Y estos deseos nuestros funcionan como combustible, impulsándonos hacia nuestra iluminación. Los seguidores de Nichiren invocan día y noche por sus deseos personales así como también por su propia iluminación y la paz de mundo. Este proceso de revolución humana -la transformación de los deseos- se encuentra íntimamente ligado a la transformación del medio ambiente. Los budistas trabajan incansablemente para traer paz y armonía a sus trabajos, familias y comunidades, mientras se esfuerzan tenazmente por manifestar la ley universal en su propio interior. No es necesario ir hasta la cima de una montaña: los practicantes del budismo escalan la montaña de la iluminación a través de su práctica realizada en sus propios hogares y lugares donde viven y actúan como personas comunes.
La práctica del budismo de Nichiren Daishonin dista mucho de ser una forma pasiva de meditación, sino que, en cambio, constituye la expresión dinámica de la mente y el espíritu. Los resultados se manifiestan en la propia vida de maneras tanto sutiles como también muy evidentes. En muchas formas de meditación, se hace difícil discernir si se está meditando correctamente o no, fácilmente se pierde el enfoque en la respiración, o el mantra utilizado. La mente puede distraerse fácilmente debido a las preocupaciones, fantasías y otro sinnúmero de pensamientos. En contraste, Nam-myoho-renge-kyo es un ritmo fuerte y poderoso que rápidamente se establece en nuestras vidas.
Puede resultar extraño al comienzo, pero es algo indudablemente concreto. Cualquiera puede comprobarlo y llevarlo a la práctica. Y cuando uno lo ha hecho, ya ha dado un paso significativo en el camino hacia la iluminación.

LA PRÁCTICA BUDISTA

en 19:24

Cuando miramos a un cisne, parece que éste nadara sin esfuerzo, pero, bajo el agua, fuera de nuestra vista, sus patas reman incesantemente. De manera similar, el practicante budista posee una práctica diaria vigorosa que, si bien no carece de esfuerzo, facilita que las cosas salgan bien en su vida cotidiana, le permite encarar las dificultades de la vida con ecuanimidad y equilibrio. La iluminación o conciencia de la verdad universal que yace debajo de todo fenómeno, hace emerger los aspectos más nobles y elevados de la vida de un ser humano.
¿Cuál es esa práctica correcta del budismo que nos conduce a la iluminación?
Además de la sinfonía de cambios que se produce en el mundo que nos rodea, nuestra propia vida cambia momento a momento. Hasta la silla en la que estamos sentados está cambiando a nivel molecular, a pesar de que estos cambios sean imperceptibles para nosotros a simple vista. Este constante cambio o fluctuación -expresado bajo el concepto budista de “impermanencia”, es lo que origina el sufrimiento fundamental de la existencia humana. Tan sólo ocasionalmente, en ese flujo del diario vivir, quizás tan sólo por un fugaz momento, percibimos el ritmo subyacente, como una pulsación o zumbido, que todas las cosas poseen. Tales momentos de toma de conciencia y realización ocurren frecuentemente luego de experimentar una extraordinaria belleza y tranquilidad, por ejemplo, contemplando un bello paisaje. Ese momento también puede ocurrir en una situación límite, tal vez escalando una montaña, interpretando un difícil concierto o atajando un penal en un partido de fútbol. Cuando esto sucede, nos sentimos como si estuviéramos en un territorio especial, en la cual tanto el impredecible mundo exterior como nuestro turbulento mundo exterior emergen, el tiempo se suspende y de pronto sentimos que no hay nada que debamos hacer.
Pero... ¿cómo hacer que estos momentos surjan a nuestra voluntad? ¿Cómo podemos conectarnos con esta fuente de energía y sabiduría para que nuestras vidas y la vida del universo vibren con la misma magnífica armonía?
El maestro budista Nichiren, quien vivió en el siglo XIII, definió a este ritmo, este pulso subyacente de la vida, como Nam-myoho-renge-kyo. Nam-myoho-renge-kyo hace posible a cualquier persona tomar contacto con este ilimitado potencial, la más alta condición de vida, cada vez que lo desee. Denominamos a este estado elevado de vida la Budeidad. En los escritos de Nichiren Daishonin, la iluminación no es solamente una finalidad remota, una meta casi imposible de alcanzar que debemos perseguir vida tras vida sino que, en cambio, es una cualidad inherente, presente siempre en toda vida, sólo aguardando ser despertada en cualquier momento.
Según esta enseñanza budista, cada uno de nosotros posee el potencial de ser feliz. Es en nuestro interior que se encuentra la capacidad de vivir con coraje, de construir relaciones personales plenas y satisfactorias, de disfrutar de buena salud, de sentir misericordia por los demás y de enfrentar y resolver nuestros más profundos problemas. Para vivir esta vida de triunfo, el individuo debe atravesar por una transformación interior. Este proceso involucra la transformación misma de nuestra personalidad, lo que llamamos “revolución humana”.
Imaginemos la siguiente situación: Tal vez usted no se siente apreciado en su empleo. Puede que su jefe sea agresivo o, por el contrario, hasta lo ignore por completo. Luego de un tiempo, usted desarrolla una carga sobre sus espaldas. A pesar de que crea ser un experto en disimular sus negatividades, de vez en cuando no puede ocultarlas. Puede que sus compañeros de trabajo o hasta el mismo jefe perciban que usted no está plenamente comprometido con su tarea, o tal vez sientan que usted tiene un problema de actitud. Por supuesto, puede que existan infinidad de justificaciones para que tener esa actitud, todas ellas “válidas”... pero cualquiera que fuera la razón, usted pierde oportunidades de avance por culpa de sus malas relaciones personales. Esta es una situación muy frecuente en el medio ambiente laboral de hoy en día.
Pero supongamos que comienza a trabajar sobre una nueva actitud que no es solamente un mero ajuste mental sino toda una visión proveniente de un profundo sentido de vitalidad, confianza y misericordia. Su misericordia lo lleva a sentir simpatía por la situación de su jefe. Armado de la comprensión, comienza a tratar a su jefe de manera diferente, ofreciéndole su apoyo y, sintiéndose paralelamente, menos y menos desanimado frente a cualquier negatividad que él pueda mostrar hacia usted. Y su jefe comienza a verlo bajo una nueva luz. Las oportunidades comienzan a aparecer.
Obviamente, éste es un ejemplo muy simple, pero vivir cada día de esta manera requiere un cambio fundamental del propio corazón. Una vez que logramos este cambio, como si fuera una reacción en cadena, podemos obtener un impacto positivo continuo sobre la gente que nos rodea. El catalizador para experimentar esta revolución interior es la práctica del budismo tal cual la enseñó Nichiren, quien afirmó que se pueden alcanzar estos resultados de manera sencilla tan sólo invocando Nam-myoho-renge-kyo.
La práctica básica budista establecida por Nichiren, consiste en invocar la frase Nam-myoho-renge-kyo al Gohonzon, un pergamino inscripto con caracteres chinos y sánscritos. Invocamos Nam-myoho-renge-kyo para lograr la iluminación, por supuesto; pero también lo invocamos con el fin de alcanzar la felicidad, el crecimiento personal, mejorar nuestra salud o bien, de lograr metas mundanas tales como la situación laboral recién descrita. De hecho, invocamos por cualquier cosa que queramos: por un trabajo mejor, o por triunfar en el que ya tenemos. O por tener una pareja, o por mejorar y profundizar la relación que ya poseemos. Podemos invocar para salir de la depresión, o para dejar de tener sentimientos de desesperanza. De hecho, la mayor parte de los budistas invocan diariamente por una cantidad de cosas, desde mejorar su propio carácter a tener un medio ambiente más propicio. Pero siempre, la oración budista está dirigida a manifestar la budeidad inherente, el más elevado estado de vida. ¿Cómo llegó Nichiren a descubrir esta fórmula tan concreta y eficaz para conseguir nuestros sueños?
Al igual que Shakyamuni antes que él, Nichiren deseaba conducir a las personas hacia la iluminación. En muchas escuelas de budismo, la iluminación parece ser algo remoto y el proceso de alcanzarla es sobrehumano, algo que sólo puede ser logrado luego de varias vidas de pacientes esfuerzos. Las prácticas tradicionales incluían severas austeridades, dietas y cambios en los estilos de vida. A lo largo de la historia, los practicantes budistas se han retirado de la vida mundana a los bosques, montañas y monasterios. Pero, hoy en día, abandonar el trabajo y la rutina diaria para asistir a un prolongado retiro no constituye una opción para la mayoría de nosotros. Ni tampoco es práctico para la mayor parte de las personas el dedicar largos períodos a la vida monástica, viajar a India, por ejemplo, una o dos veces al año. Nichiren, en el siglo XIII, halló una manera de acortar este camino.